Ocho años de lealtad, juegos y cariño terminaron brutalmente bajo las llantas de un conductor que jamás debió estar tras el volante.
Dafi, una perrita querida por toda una familia y por una comunida, fue atropellada con tal violencia que ni siquiera la súplica desesperada de los testigos logró detener al asesino.
No fue un descuido No fue un accidente.
Fue negligencia pura, reforzada por una insensibilidad que hiela la sangre.
El primer impacto no mató a Dafi.
Bastaba un gesto humano para frenar el daño, Pero en lugar de detenerse, el conductor decidió pasarle encima.
Lo hizo en una zona residencial donde la velocidad máxima permitida es de 30 km/h. Una calle llena de niños, de familias, de juegos, donde se espera seguridad y consideración.
Y como si la tragedia no fuera suficiente, cuando se le reclamó su barbarie, no hubo arrepentimiento, no hubo disculpas.
Dafi no murió por un accidente inevitable,Murió por la combinación mortal de velocidad, egoísmo y falta absoluta de empatía.
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