A Paula la asesinó un ladrón de un balazo, frente a su hijo, mientras intentaba recuperar su motocicleta, en pleno centro de San Cristóbal.
Pero también la asesinó la incapacidad de las autoridades para regresar la paz a un municipio secuestrado por la violencia y el crímen organizado.
También la mató la complicidad de los gobernantes que durante años han solapado, armado y empoderado a grupos delincuenciales que hoy se han adueñado de la ciudad y se pasean con absoluta impunidad.
En San Cristóbal un día asesinan a una niña de una bala perdida mientras dormía, otro día a un periodista afuera de su casa y unos meses después a una madre de familia en pleno centro después de salir de su trabajo.
Y las víctimas, entre secuestrados, asaltados y golpeados, siguen sumándose.
Lo líderes criminales y sus centros de operaciones están plenamente identificados, pero poco o nada se hace para acabar con ellos definitivamente. Las autoridades parecen estar rebasadas, aterrorizadas, maniatadas y, en el peor de los casos ,coludidas con la podredumbre que hoy tiene secuestrada las entrañas del municipio.
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